martes, 15 de agosto de 2017

UN SANTUARIO EN EL TIEMPO (La Historia Del Sábado – Séptimo Día” El Verdadero Día Del Señor) IASD: Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera." (Gén. 2: 1; 1: 31.) El Edén florecía en la tierra. Adán y Eva tenían libre acceso al árbol de la vida. Ninguna mácula de pecado o sombra de muerte desfiguraba la hermosa creación. "Las estrellas todas del alba alababan, y se regocijaban todos los hijos de Dios." (Job 38: 7) El gran Jehová había puesto los fundamentos de la tierra; había vestido a todo el mundo con un manto de belleza, y había colmado el mundo de cosas útiles para el hombre; había creado todas las maravillas de la tierra y del mar. La gran obra de la creación fue realizada en seis días. "Y acabó Dios en el día séptimo su obra que hizo, y reposó el día séptimo de toda su obra que había hecho. Y bendijo Dios al día séptimo, y santificólo, porque en él reposó de toda su obra que había Dios criado y hecho." (Gén. 2: 2, 3) Dios miró con satisfacción la obra de sus manos. Todo era perfecto, digno de su divino Autor; y él descansó, no como quien estuviera fatigado, sino satisfecho con los frutos de su sabiduría y bondad y con las manifestaciones de su gloria. Después de descansar el séptimo día, Dios lo santificó; es decir, lo escogió y apartó como día de descanso para el hombre. Siguiendo el ejemplo del Creador, el hombre había de reposar durante este sagrado día, para que, mientras contemplara los cielos y la tierra, pudiese reflexionar sobre la grandiosa obra de la creación de Dios; y para que, mientras mirara las evidencias de la sabiduría y bondad de Dios, su corazón se llenase de amor y reverencia hacia su Creador. Al bendecir el séptimo día en el Edén, Dios estableció un 29 recordativo de su obra creadora. El sábado fue confiado y entregado a Adán, padre y representante de toda la familia humana. Su observancia había de ser un acto de agradecido reconocimiento de parte de todos los que habitasen la tierra, de que Dios era su Creador y su legítimo soberano, de que ellos eran la obra de sus manos y los súbditos de su autoridad. De esa manera la institución del sábado era enteramente conmemorativa, y fue dada para toda la humanidad. No había nada en ella que fuese obscuro o que limitase su observancia a un solo pueblo. Dios vio que el sábado era esencial para el hombre, aun en el paraíso. (Patriarcas y Profetas 28-29).

 

jueves, 25 de mayo de 2017

29. “Los Fundadores Del Hogar” (Un Consejo Oportuno Para Los Contrayentes)


El que creó a Eva para que fuese compañera de Adán realizó su primer milagro en una boda. En la sala donde los amigos y parientes se regocijaban, Cristo principió su ministerio público. Con su presencia sancionó el matrimonio, reconociéndolo como institución que él mismo había fundado. Había dispuesto que hombres y mujeres se unieran en el santo lazo del matrimonio, para formar familias cuyos miembros, coronados de honor, fueran reconocidos como miembros de la familia celestial. 

Cristo honró también las relaciones matrimoniales al hacerlas símbolo de su unión con los redimidos. El es el Esposo, y la esposa es la iglesia, de la cual, como escogida por él, dice: "Toda tú eres hermosa, amiga mía, y en ti no hay mancha." (Cantares 4:7.)
"Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla limpiándola en el lavacro del agua por la palabra, para ... que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres." (Efesios 5:25-28).

 El vínculo de la familia es el más estrecho, el más tierno y sagrado de la tierra. Estaba destinado a ser una bendición para la humanidad. Y lo es siempre que el pacto matrimonial sea sellado con inteligencia, en el temor de Dios, y con la debida consideración de sus responsabilidades. Los que piensan en casarse deben pesar el carácter y la influencia del hogar que van a fundar. Al llegar a ser padres se les confía un depósito sagrado. De ellos depende en gran medida el bienestar de sus hijos en este mundo, y la felicidad de ellos en el mundo futuro. 276 En alto grado determinan la naturaleza física y moral de sus pequeñuelos. 

Y del carácter del hogar depende la condición de la sociedad. El peso de la influencia de cada familia se hará sentir en la tendencia ascendente o descendente de la sociedad. 

La elección de esposo o de esposa debe ser tal que asegure del mejor modo posible el bienestar físico, intelectual y espiritual de padres e hijos, de manera que capacite a unos y otros para ser una bendición para sus semejantes y una honra para su Creador. 
Antes de asumir las responsabilidades del matrimonio, los jóvenes y las jóvenes deben tener una experiencia práctica que los haga aptos para cumplir los deberes de la vida y llevar las cargas de ella.

 No se han de favorecer los matrimonios tempranos. Un compromiso tan importante como el matrimonio y de resultados tan trascendentales no debe contraerse con precipitación, sin la suficiente preparación y antes de que las facultades intelectuales y físicas estén bien desarrolladas. Aunque los cónyuges carezcan de riquezas materiales, deben poseer el tesoro mucho más precioso de la salud. 

Y por lo general no debería haber gran disparidad de edad entre ellos. El desprecio de esta regla puede acarrear una grave alteración de salud para el más joven. También es frecuente en tales casos que los hijos sufran perjuicio en su vigor físico e intelectual. No pueden encontrar en un padre o en una madre ya de edad el cuidado y la compañía que sus tiernos años requieren, y la muerte puede arrebatarles a uno de los padres cuando más necesiten su amor y dirección. 

Sólo en Cristo puede formarse una unión matrimonial feliz. El amor humano debe fundar sus más estrechos lazos en el amor divino. Sólo donde reina Cristo puede haber cariño profundo, fiel y abnegado. El amor es un precioso don que recibimos de Jesús. El afecto puro y santo no es un sentimiento, sino un principio. 277 Los que son movidos por el amor verdadero no carecen de juicio ni son ciegos. Enseñados por el Espíritu Santo, aman supremamente a Dios y a su prójimo como a sí mismos. 

Los que piensan en casarse deben pesar cada sentimiento y cada manifestación del carácter de la persona con quien se proponen unir su suerte. 
Cada paso dado hacia el matrimonio debe ser acompañado de modestia, sencillez y sinceridad, así como del serio propósito de agradar y honrar a Dios. 

 El matrimonio afecta la vida ulterior en este mundo y en el venidero. El cristiano sincero no hará planes que Dios no pueda aprobar. Si gozáis de la bendición de tener padres temerosos de Dios, consultadlos. Comunicadles vuestras esperanzas e intenciones, aprended las lecciones que la vida les enseñó y os ahorraréis no pocas penas. 
Sobre todo, haced de Cristo vuestro consejero. 

Estudiad su Palabra con oración. Contando con semejante dirección, acepte la joven como compañero de la vida tan sólo a un hombre que posea rasgos de carácter puros y viriles, que sea diligente y rebose de aspiraciones, que sea honrado, ame a Dios y le tema. Busque el joven como compañera que esté siempre a su lado a quien sea capaz de asumir su parte de las responsabilidades de la vida, y cuya influencia le ennoblezca, le comunique mayor refinamiento y le haga feliz en su amor. "De Jehová viene la mujer prudente." "El corazón de su marido está en ella confiado.... Darále ella bien y no mal, todos los días de su vida." "Abrió su boca con sabiduría: y la ley de clemencia está en su lengua. Considera los caminos de su casa, y no come el pan de balde. Levantáronse sus hijos, y llamáronla bienaventurada; y su marido también la alabó" diciendo: "Muchas mujeres hicieron el bien; mas tú las sobrepujaste a todas". El que encuentra una esposa tal "halló el bien, y alcanzó la benevolencia de Jehová." (Proverbios 19:14, V.M.; 31:11, 12, 26-29; 18:22.) 278 

Por mucho cuidado y prudencia con que se haya contraído el matrimonio, pocas son las parejas que hayan llegado a la perfecta unidad al realizarse la ceremonia del casamiento. La unión verdadera de ambos cónyuges es obra de los años subsiguientes. 

Cuando la pareja recién casada afronta la vida con sus cargas de perplejidades y cuidados, desaparece el aspecto romántico con que la imaginación suele tan a menudo revestir el matrimonio. Marido y mujer aprenden entonces a conocerse como no podían hacerlo antes de unirse. Este es el período más crítico de su experiencia. La felicidad y utilidad de toda su vida ulterior dependen de que asuman en ese momento una actitud correcta. 

Muchas veces cada uno descubre en el otro flaquezas y defectos que no sospechaban; pero los corazones unidos por el amor notarán también cualidades desconocidas hasta entonces. 
Procuren todos descubrir las virtudes más bien que los defectos.
 Muchas veces, nuestra propia actitud y la atmósfera que nos rodea determinan lo que se nos revelará en otra persona. Son muchos los que consideran la manifestación del amor como una debilidad, y permanecen en tal retraimiento que repelen a los demás. Este espíritu paraliza las corrientes de simpatía. Al ser reprimidos, los impulsos de sociabilidad y generosidad se marchitan y el corazón se vuelve desolado y frío. Debemos guardarnos de este error.

 El amor no puede durar mucho si no se le da expresión. No permitáis que el corazón de quienes os acompañen se agote por falta de bondad y simpatía de parte vuestra. Aunque se susciten dificultades, congojas y desalientos, no abriguen jamás ni el marido ni la mujer el pensamiento de que su unión es un error o una decepción. Resuélvase cada uno de ellos a ser para el otro cuanto le sea posible. Sigan teniendo uno para con otro los miramientos que se tenían al principio. Aliéntense uno a otro en las luchas de la vida. Procure cada uno favorecer la felicidad del otro. Haya entre ellos amor 279 mutuo y sopórtense uno a otro. Entonces el casamiento, en vez de ser la terminación del amor, será más bien su verdadero comienzo. 

El calor de la verdadera amistad, el amor que une un corazón al otro, es sabor anticipado de los goces del cielo. 

Alrededor de cada familia se extiende un círculo sagrado que no debe romperse. Nadie tiene derecho a entrar en este círculo. No permitan el marido ni la mujer que un extraño comparta las confidencias que a ellos solos importan. 
Ame cada uno de ellos al otro antes de exigir que el otro le ame. Cultive lo más noble que haya en sí y esté pronto a reconocer las buenas cualidades del otro. El saberse apreciado es un admirable estímulo y motivo de satisfacción. 
 La simpatía y el respeto alientan el esfuerzo por alcanzar la excelencia, y el amor aumenta al estimular la persecución de fines cada vez más nobles. 

Ni el marido ni la mujer 
deben fundir su individualidad en la de su cónyuge. 
 Cada cual tiene su relación personal con Dios.
 A él tiene que preguntarle cada uno:
 "¿Qué es bueno? ¿Qué es malo?
 ¿Cómo cumpliré mejor el propósito de la vida?" 

Fluya el caudal del cariño de cada uno hacia 
Aquel que dio su vida por ellos. 
Considérese a Cristo el primero, 
el último y el mejor en todo. 

En la medida en que vuestro amor a Cristo se profundice y fortalezca, se purificará y fortalecerá vuestro amor mutuo. 
El espíritu que Cristo manifiesta para con nosotros es el espíritu que marido y mujer deben manifestar uno con otro. "Andad en amor, como también Cristo nos amó." "Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella." (Efesios 5:2,24,25). 

Ni el marido ni la mujer deben pensar 
en ejercer gobierno arbitrario uno sobre otro. 
No intentéis imponer vuestros deseos uno a otro. 280 
No podéis hacer esto y conservar el amor mutuo. 

Sed bondadosos, pacientes, indulgentes, considerados y corteses. Mediante la gracia de Dios podéis haceros felices el uno al otro, tal como lo prometisteis al casaros. Felicidad en el servicio abnegado tened presente, sin embargo, que la felicidad no se encuentra en retraeros de los demás conformándoos con prodigaros todo el cariño de que sois capaces. Aprovechad toda oportunidad que se os presente para contribuir a labrar la felicidad de los que os rodean.

 Recordad que el gozo verdadero sólo se encuentra en servir desinteresadamente. 

La indulgencia y la abnegación caracterizan las palabras y los actos de los que viven la vida nueva en Cristo. Al esforzaros por llevar la vida que Cristo llevó, al procurar dominar el yo y el egoísmo, así como al atender a las necesidades de los demás, ganaréis una victoria tras otra. Vuestra influencia será entonces una bendición para el mundo. Hombres y mujeres pueden alcanzar el ideal que Dios les señala si aceptan la ayuda de Cristo.  

Lo que la humana sabiduría no puede lograr, la gracia de Dios lo hará en quienes se entregan a él con amor y confianza. Su providencia puede unir los corazones con lazos de origen celestial. 

El amor no será tan sólo un intercambio 
de palabras dulces y aduladoras. 
 El telar del cielo teje con urdimbre y trama más finas, 
pero más firmes, que las de los telares de esta tierra. 
Su producto no es una tela endeble, 
sino un tejido capaz de resistir cualquiera prueba, 
por dura que sea. 
El corazón quedará unido al corazón 
con los áureos lazos de un amor perdurable. 281
MC. EGW 

miércoles, 1 de febrero de 2017

28. “El Ministerio del Hogar” EL MINISTERIO DE CURACIÓN

LA RESTAURACIÓN y el levantamiento de la humanidad empiezan en el hogar. La obra de los padres es cimiento de toda otra obra. La sociedad se compone de familias, y será lo que la hagan las cabezas de familia. Del corazón "mana la vida" (Proverbios 4:23), y el hogar es el corazón de la sociedad, de la iglesia y de la nación. El bienestar de la sociedad, el buen éxito de la iglesia y la prosperidad de la nación dependen de la influencia del hogar.

La importancia y las oportunidades de la vida del hogar resaltan en la vida de Jesús. El que vino del cielo para ser nuestro ejemplo y maestro pasó treinta años formando parte de una familia en Nazaret. Poco dice la Biblia acerca de esos treinta años. Durante ellos no hubo milagros notables que llamaran la atención del pueblo. No hubo muchedumbres que siguieran con ansia los pasos del Señor o que prestaran oídos a sus palabras. Y no obstante, durante todos esos años el Señor desempeñaba su misión divina. Vivía como uno de nosotros, compartiendo la vida del hogar a cuya disciplina se sometía, cumpliendo los deberes domésticos y cargando con su parte de responsabilidad. Al amparo del humilde hogar, participando de las experiencias de nuestra suerte común, "Jesús crecía en sabiduría, y en edad, y en gracia para con Dios y los hombres." (Lucas 2:52.)

Durante todos esos años de retiro, la vida del Señor fluyó en raudales de simpatía y servicio. Su desprendimiento y su paciencia, su valor y su fidelidad, su resistencia a la tentación, su paz inagotable y su dulce gozo eran una inspiración continua. 270 Traía consigo al hogar un ambiente puro y dulce, y su vida fue como levadura activa entre los elementos de la sociedad. Nadie decía que había hecho un milagro; y sin embargo emanaba de él virtud: el poder restaurador y vivificante del amor que fluía hacia los tentados, los enfermos y los desalentados. Desde tierna edad, servía directamente a los demás, de modo que cuando inició su ministerio público, muchos le oyeron gozosos.

Los primeros años de la vida del Salvador son más que un ejemplo para la juventud. Son una lección, y deberían alentar a todos los padres. Los deberes para con la familia y para con los vecinos constituyen el primer campo de acción de los que quieran empeñarse en la elevación moral de sus semejantes. No hay campo de acción más importante que el señalado a los fundadores y protectores del hogar. Ninguna obra encomendada a seres humanos entraña consecuencias tan trascendentales como la de los padres y madres.

Los jóvenes y niños de la actualidad determinan el porvenir de la sociedad, y lo que estos jóvenes y estos niños serán depende del hogar. A la falta de buena educación doméstica se puede achacar la mayor parte de las enfermedades, así como de la miseria y criminalidad que son la maldición de la humanidad. Si la vida doméstica fuera pura y verdadera, si los hijos que salen del hogar estuvieran debidamente preparados para hacer frente a las responsabilidades de la vida y a sus peligros, ¡qué cambio experimentaría el mundo!

Se realizan muchos esfuerzos y se dedica tiempo, dinero y trabajo casi sin límites a empresas e instituciones destinadas a rehabilitar las víctimas de los malos hábitos. Y aun así todos estos esfuerzos resultan insuficientes para hacer frente a la gran necesidad. 
¡Cuán mínimos son los resultados! 
¡Cuán pocos se regeneran permanentemente!
Son muchísimos los que aspiran a una vida mejor, pero carecen de valor y resolución para librarse del poder de los 271 malos hábitos. Retroceden ante el caudal de esfuerzos, luchas y sacrificios exigido, y su vida zozobra y se malogra. Así aun los más brillantes, los de más altas aspiraciones y más nobles facultades, los que están capacitados por la naturaleza y la educación para desempeñar puestos de confianza y de responsabilidad, se degradan y se pierden para esta vida y para la venidera.

Para los que se enmiendan, ¡cuán ruda es la lucha para recuperar la dignidad perdida! Y durante toda su vida, con la constitución quebrantada, la voluntad vacilante, la inteligencia embotada y el alma debilitada, muchos recogen el fruto del mal que sembraron. ¡Cuánto más se podría llevar a cabo si se arrostrara el mal desde un principio!
Esta obra depende en mucho de los padres. En los esfuerzos que se hacen para detener los avances de la intemperancia y de otros males que carcomen como cáncer el cuerpo social, si se diera más atención a la tarea de enseñar a los padres cómo formar los hábitos y el carácter de sus hijos, resultaría cien veces mayor el bien obtenido. El hábito, que es una fuerza tan terrible para el mal, puede ser convertido por los padres en una fuerza para el bien. Tienen que vigilar el río desde sus fuentes, y a ellos les incumbe darle buen curso.

A los padres les es posible echar para sus hijos los cimientos de una vida sana y feliz. Pueden darles en el hogar la fuerza moral necesaria para resistir a la tentación, así como valor y fuerza para resolver con éxito los problemas de la vida. Pueden inspirarles el propósito, y desarrollar en ellos la facultad de hacer de sus vidas una honra para Dios y una bendición para el mundo.  Pueden enderezar los senderos para que caminen en días de sol como en días de sombra hacia las gloriosas alturas celestiales.

La misión del hogar se extiende más allá del círculo de sus miembros. El hogar cristiano ha de ser una lección objetiva, que ponga de relieve la excelencia de los verdaderos principios de la vida. 272 Semejante ejemplo será una fuerza para el bien en el mundo. Mucho más poderosa que cualquier sermón que se pueda predicar es la influencia de un hogar verdadero en el corazón y la vida de los hombres. Al salir de semejante hogar paterno los jóvenes enseñarán las lecciones que en él hayan aprendido. De este modo penetrarán en otros hogares principios más nobles de vida, y una influencia regeneradora obrará en la sociedad.

Hay otros muchos para quienes podemos hacer de nuestro hogar una bendición. Nuestras relaciones sociales no deberían ser dirigidas por los dictados de las costumbres del mundo, sino por el Espíritu de Cristo y por la enseñanza de su Palabra. En todas sus fiestas los israelitas admitían al pobre, al extranjero y al levita, el cual era a la vez asistente del sacerdote en el santuario y maestro de religión y misionero. A todos se les consideraba como huéspedes del pueblo, para compartir la hospitalidad en todas las festividades sociales y religiosas y ser atendidos con cariño en casos de enfermedad o penuria. A personas como ésas debemos dar buena acogida en nuestras casas. 

¡Cuánto podría hacer semejante acogida para alegrar y alentar al enfermero misionero o al maestro, a la madre cargada de cuidados y de duro trabajo, o a las personas débiles y ancianas que viven tan a menudo sin familia, luchando con la pobreza y el desaliento!

"Cuando haces comida o cena -dice Cristo,- no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; porque también ellos no te vuelvan a convidar, y te sea hecha compensación. Mas cuando haces banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos, los ciegos; y serás bienaventurado; porque no te pueden retribuir; más te será recompensado en la resurrección de los justos." (Lucas 14:12-14.)
Estos son huéspedes que no os costará mucho recibir.  No necesitaréis ofrecerles trato costoso y de mucha preparación.  Necesitaréis más bien evitar la ostentación. El calor de la bienvenida, 273 un asiento al amor de la lumbre, y uno también a vuestra mesa, el privilegio de compartir la bendición del culto de familia, serían para muchos como vislumbres del cielo.
Nuestras simpatías deben rebosar más allá de nosotros mismos y del círculo de nuestra familia. 
Hay preciosas oportunidades para los que quieran hacer de su hogar una bendición para otros. 
La influencia social es una fuerza maravillosa. Si queremos, podemos valernos de ella para ayudar a los que nos rodean.

Nuestros hogares deberían ser refugios para los jóvenes que sufren tentación. Muchos hay que se encuentran en la encrucijada de los caminos. Toda influencia e impresión determinan la elección del rumbo de su destino en esta vida y en la venidera. El mal, con sus lugares de reunión, brillantes y seductores, los invita. A todos los que acuden se les da la bienvenida. En torno nuestro hay jóvenes sin familia, y otros cuyos hogares no tienen poder para protegerlos, ni elevarlos, y se ven arrastrados al mal. Se encaminan hacia la ruina en la sombra misma de nuestras puertas.

Oportunidades De La Vida
Estos jóvenes necesitan que se les tienda la mano con simpatía.  Las palabras bondadosas dichas con sencillez, las pequeñas atenciones para con ellos, barrerán las nubes de la tentación que se amontonan sobre sus almas.  La verdadera expresión de la simpatía proveniente del cielo puede abrir la puerta del corazón que necesita la fragancia de palabras cristianas, y del delicado toque del espíritu del amor de Cristo.  Si nos interesáramos por los jóvenes, invitándolos a nuestras casas y rodeándolos de influencias alentadoras y provechosas, serían muchos los que de buena gana dirigirían sus pasos por el camino ascendente. 

El tiempo de que disponemos es corto. Sólo una vez podemos pasar por este mundo; 274 saquemos, pues, al hacerlo, el mejor provecho de nuestra vida.

  La tarea a la cual se nos llama no requiere riquezas, posición social ni gran capacidad. Lo que sí requiere es un espíritu bondadoso y abnegado y firmeza de propósito. Una luz, por pequeña que sea, si arde siempre, puede servir para encender otras muchas. Nuestra esfera de influencia, nuestras capacidades, oportunidades y adquisiciones podrán parecer limitadas; y sin embargo tenemos posibilidades maravillosas si aprovechamos fielmente las oportunidades que nos brindan nuestros hogares. Si tan sólo queremos abrir nuestros corazones y nuestras casas a los divinos principios de la vida, llegaremos a ser canales por los que fluyan corrientes de fuerza vivificante. De nuestros hogares saldrán ríos de sanidad, que llevarán vida, belleza y feracidad donde hoy por hoy todo es aridez y desolación. 275
El Ministerio de Curación de Elena G. de White